
La máxima figura del tenis mundial, Novak Djokovic, se levanta una mañana y comprueba en su calendario deportivo que el siguiente torneo se disputa en Australia. Mientras su equipo de trabajo se encarga del papeleo lidiando con la cansina burocracia, Djokovic entrena como cada día. Esfuerzo físico máximo. Un atleta del siglo XXI en su momento álgido. También está sanísimo y libre de virus mortales, según el procedimiento oficial de diagnóstico que determina la salud de las personas. Con PCR negativa te vuelves invulnerable. Pero si la infalible prueba dice nones, entonces mueres para la República aunque tu cuerpo y tu salud sigan siendo de hierro. Necesitas además varios pinchazos. La cantidad de ellos varía, no es fija. Hoy pueden valerte dos y mañana con tres ya no cumples el mandato. Encima, si no te has enchufado el suero milagroso, tu libertad queda cancelada en cuanto a idas y venidas por el ancho mundo. Y es que para viajar no vale tener un sistema inmune sano, estar libre de enfermedades y no portar virus alguno, sino que lo fundamental es haber sido bendecido por la Providencia farmacéutica con su elixir milagroso. Eso o contar con una excepción a la regla general que va variando continuamente según criterios políticos. Ni médicos ni científicos.
Recibe Djokovic el salvoconducto de las autoridades deportivas y también de las plandemistas. Dos paneles médicos independientes – uno de la federación de tenis australiana y otro del gobierno de Victoria- le conceden la excepción inoculatoria para atravesar el muro plandemista australiano. La Gran Barrera no de vistosos corales sino de jeringuillas con miocarditis, pericarditis y repentinitis. Así que se ajusta bien el bozal, se toma la temperatura y ya con todo lo exigible en regla se va a las antípodas en busca de la épica, sin saber que no es la deportiva la que le espera. Porque su batalla no va a ser contra colaboracionistas como Nadal y demás pasabolas de la Plandemia, sino contra el totalitarismo internacional. Socialismo.
Se va Djokovic directamente a la boca del lobo; a la trampa plandemista en donde se le impide la entrada con publicidad y alevosía, comenzando su kafkiano proceso en la tierra de los canguros y los pirados al mando. Novak, como Joseph K., tampoco es consciente de qué se le acusa exactamente. Qué le impide acceder al país si su acceso ya estaba aprobado por la autoridad político-sanitaria. Quizás en la prensa encuentre la respuesta. En la de España se ha convertido en terrorista y facha. Para los juntaletras australianos es un mierdas millonario.
Y es que mientras a Djokovic lo retienen de forma ilegal, aquí en la vieja Europa se lleva a cabo el ajuste de cuentas contra el nuevo enemigo del pueblo covidiano. La damnatio moderna en la que se ataca a la gente sana por estar sana y a los que enferman por enfermar al margen del Sistema sin sueros ni bozales, a diferencia de las ovejitas vacunadas que colapsan los hospitales. Filtra también la prensa todos los crímenes de lesa humanidad que ha cometido el malvado Djokovic. Acudir a un acto público sin bozal no sabiendo cuantos virus y bacterias arrastraba su organismo. Sin bozal ni suero creyéndose Sánchez de visita al Vaticano. Rodeado de niños como si fuera Sánchez rodeado de periodistas durante la primera oleada vírica. Djokovic disfrutando de la vida como un Boris Johnson cualquiera organizando fiestas clandestinas durante el confinamiento inglés. Sin bozal como el Ministro suizo de los virus viajando en transporte público. Sin distanciamiento como si hubiera acudido a un akelarre feminazi un 8 de Marzo. Sin observar ningún tipo de medida preventiva como todos los inoculados que acceden con el pase VIP a un restaurante o sala de fiestas. ¡Maldito seas Djokovic!. No tienes derecho ni autoridad para contagiar. Como bien te explicó Nadal, primero pones el brazo, sigues todas las normas y luego puedes pasarle el Covid hasta al mismísimo Rey emérito. Así es como funciona la solidaridad y prevención covidiana.
Pero sigamos con el lío. Kafka en Australia.
Para las autoridades locales la mera presencia del tenista Serbio pone en peligro a muchas personas muy vacunadas. Así que se le retiene en un hotel. Presentan los abogados de Djokovic un requerimiento que provisionalmente le permite acceder al país y que luego el juez encargado convierte en permanente. En ese momento la ciencia, la medicina y el Poder judicial han determinado que Djokovic cumple con todo lo exigido para poder practicar su profesión de tenista en territorio australiano. Pero no importa. No importa que esté libre de virus. No importa que el panel médico señale la contraindicación de inocularse el suero tras haber pasado el Covid. No importa que el juez dé validez a toda la documentación, corrigiendo la conducta desviada del funcionario de fronteras. Djokovic no puede disputar el torneo de Australia porque el Ministro de Australia no quiere que lo dispute.¿La razón? Te la explica el abogado del Ministerio en la vista por la deportación: La ratio iuris se reduce al clásico lo que le sale de los huevos al Ministro del Covid. Y esto por sí solo se convierte en la voluntad de Australia. Ni siquiera es la arbitraria decisión del Gobierno, ni del Ministro. Ni de los votantes de la democracia totalitaria. Es toda Australia la que expulsa al extranjero. No depende del juez, de las leyes de inmigración, ni de la propia normativa que han aprobado los plandemistas regulando la entrada. Da lo mismo el virus o los contagios. Aquí lo fundamental es que tenemos a un deportista de élite cuyo sistema inmune ya ha demostrado no necesitar elixires para combatir infecciones respiratorias. Y esto deja en evidencia la estúpida política del one size fits all. Los encierros colectivos, los bozales en cualquier situación, la vacunación masiva sin atender a principios de prudencia o centrada exclusivamente en los grupos de riesgo. Inocular a menores y a embarazadas. Alterar el sistema inmune de pacientes que arrastran otras enfermedades y no deberían nunca inyectarse el suero. Por eso existen las excepciones. Como la que le habían concedido al propio Djokovic.
Macron quiere hacer la vida imposible a los no inoculados. Biden dice que US tiene ahora una pandemia de no vacunados. Djokovic quien sólo pega raquetazos, convertido en Mesías de los negacionistas que sólo piden razón, libertad y consentimiento informado. Y también está Feijoo, el cacique del noroeste y plandemista honorario. Feijoo nos dio la clave del asunto Djokovic cuando dijo que había que premiar de alguna manera a los inoculados. El palo y la zanahoria. El aprendizaje condicionado. ¿ No es suficiente premio que se pinchen lo que digan las multinacionales que venden pinchazos? ¿ No es suficiente premio que colaboren con las políticas e intereses de la casta a la que han votado? ¿No deberían estar agradecidos al Dios-Estado y a la ciencia del consenso por cada dosis del suero protector que no protege, no impide el contagio, no evita la propagación del virus, ni la enfermedad ni la muerte?
Pues no les basta, no. La felicidad para una ovejita tonta y sumisa ya sabemos que depende de lo que se le arrebate al enemigo ideológico. El patrimonio, el trabajo, las esperanzas o los sueños. Pero incluso sin nada -sin torneo ni victoria- no podrán arrebatarle a Djokovic lo que le diferencia de todos ellos: Comportarse como un ser humano con dignidad.
Be First to Comment