
Los políticos de nuestro amado Reino poseen un alto concepto de sí mismos. Una Irene Montero, un Ábalos de chichinabo, un Sánchez cualquiera… disfrutan de una vida muy por encima de sus posibilidades genéticas y de la nula inversión en tiempo y esfuerzo que llevan a cabo. Su fortuna no es consecuencia ni del talento, ni del trabajo. Ni siquiera de la casualidad. Son pasivos beneficiarios de cantidades en dinero -y otras muchas en especie– por su condición de privilegiados actores de un esquema político-económico impuesto al ciudadano. ¿Su mérito? Rapiñar y violentar hasta el tuétano; sin ruborizarse, sin remordimientos. Sin ningún atisbo de empatía o refreno moral. El caradurismo que identificamos en todos ellos es un reflejo de su perverso narcisismo y megalomanía. A fin de cuentas, sostener el cazo entre risotadas no es algo de fácil digestión para cualquier individuo. Requiere la absoluta carencia de integridad y de humanidad. Exige despreciar todos los valores y conductas morales que permiten la convivencia en comunidades. Lo que nos convierte en pacíficos ciudadanos y que apacigua nuestros instintos más básicos y animales. El político es una especie depredadora que no sólo satisface sus intereses violentando sino que es la única que lo hace con orgullo, deleitándose con su repugnante modo de vida.
Nuestros gobernantes se levantan cada mañana pensando en cómo confiscar, coaccionar, expropiar y prohibir. En intervenir en cada relación entre adultos libres impidiendo que puedan determinar sus vidas y sus destinos según las ideas, preferencias y posibilidades de cada uno. Viven en sus burbujas al márgen de las leyes que nos imponen, al márgen de los conflictos que suscitan sin soportar jamás la carga o la consecuencia de sus políticas y decisiones. Todas las prebendas y privilegios que disfrutan los miembros de la casta, sus vidas al completo y las de sus familiares, salen del circo electoral. Las elecciones como subasta de los intereses y bienes de los españoles donde gana siempre el que más y mejor expolia. Y mientras este esquema de latrocinio legalizado reparta alguna zanahoria y los palos se socialicen de forma más o menos uniforme, la servidumbre de los ciudadanos hacia el Poder se mantiene con mínimos sobresaltos.
Ocurre que la nueva casta socialista es incapaz de diferenciar entre período electoral y período parlamentario. Han forzado tanto el guión que ya nadie sabe muy bien de qué va la película. Y el largometraje dramático llamado Socialismo Español se ha convertido en un corto de terror psicológico. En una slash-movie en la que la Administración se dedica a triturar a sus ciudadanos desde todos los frentes posibles: Recaudatorios, laborales, mediáticos, judiciales… con el Reino a punto de explotar por los aires. Gobierna Sánchez para sus correligionarios. Y no lo esconde. Se dirige a ellos, los gratifica a ellos. Y al resto los encasilla en la categoría de los malos. Son racistas, fascistas o machistas según lo que toque cada nueva semana. Y en todas ellas a estos malos ciudadanos, a estos españoles de segunda clase se les permite vivir para el exclusivo beneficio de su Gobierno. Se les puede maltratar y exprimir completamente. Culparlos de todos los males de la Administración. Condenarlos al paro, hambre y miseria.
Los desafortunados de este sistema conforman la Mayoría Silenciosa. La que madruga y trata de sobrevivir. La que sale a la calle no sabiendo si va a ser violentada. A la que le niegan el acceso al trabajo o a la vivienda por no ser de una raza, sexo o ideología determinada. La que no tiene representantes que defiendan sus intereses porque ni siquiera tiene aseguradas sus libertades humanas. La Mayoría Silenciosa no es un colectivo. No es un grupo identitario. No tiene siglas ni banderas. No tiene voceros subvencionados cantando sus virtudes en prime time. Carece de representación en el proceso político. La Unión Europea no la protege con leyes ni presupuestos. No le dedicarán ningun día, ni ninguna calle. La Mayoría Silenciosa sólo rema, se arrodilla y canta el “Kumbaya, my lord” dando gracias por su existencia cautiva, siempre que, como decíamos, el socialismo mantenga un nivel de autoritarismo y arbitrariedad aceptables.
La Mayoría Silenciosa permanecerá en hibernación como mecanismo de supervivencia mientras el sistema y sus agentes no sobrepasen el límite racional y materialmente soportable de intervencionismo, injusticia y violencia. El modelo de welfare, el socialismo democrático necesita así mantener el equilibrio entre palos y zanahorias. Necesita el socialismo socializar tanto las pérdidas como las ganancias y hacerlo lo más uniformemente posible.
Sin embargo, bajo este spoil system en el que la casta al mando debe gratificar a sus mamporreros, mantener sus redes clientelares y garantizarse el poder creando votantes a través de la política de minorías identitarias, la Administración derivará inexorablemente hacia el totalitarismo. Hacia el vandalismo institucional con la completa voladura del marco social, económico y judicial que garantiza la convivencia. Exacerbando así el desamparo y el vacío existencial en la sociedad, con el permanente victimismo de los seguidores de la facción al mando y un insoportable atropello de las vidas y libertades del otro bando.
En cuanto se destruye el statu quo original entre administración y administrado, origen y sustento de todo el edificio socialdemócrata sustituyéndose por el clásico Poder y súbdito -el que somete y el que es sometido- se produce la automática reacción de rechazo al sistema. El rechazo se va alimentando de odio y de revancha y el incesante bombardeo mediático e institucional de censura, persecución y fanatismo ideológico provoca que la Mayoría Silenciosa deje de ser silenciosa. Aquel pacífico y silente posicionamiento de los ciudadanos se torna irracionalmente agresivo y comprobamos que no existe nada más violento que una muchedumbre colectivamente perturbada. Porque su odio y su violencia encuentran apoyo racional en sus cabezas. La revancha ya no es revancha sino justicia. El exterminio no es exterminio sino autodefensa. La tortura no es tortura sino justicia restaurativa. Y da lo mismo que la turba, ahora convertida en revolucionaria y del pueblo libre, sea de derechas, de centro, liberal, progresista o de ninguna ideología. Cuando el proceso político se carga el propio proceso, las vitolas políticas desaparecen y las ideologías perecen, emergiendo el animal-hombre con sus instintos básicos de conservación. Nacemos programados para ello y durante toda la vida así nos adoctrinan. El socialismo nos inculca que siempre es un tercero el que otorga derechos, el que empodera, el que concede la gloria material y espiritual… y siempre es un tercero el que la niega. No existe mérito ni responsabilidad del individuo en nuestro régimen colectivista. Y por lo tanto es el sistema con sus agentes y su casta de políticos, el culpable de todos los males de la sociedad.
Los políticos de nuestro Reino hacen gala de una enorme autoestima. El blindaje económico, las puertas giratorias, los múltiples chiringuitos nacionales e internacionales, actúan además como red de seguridad. Se sienten protegidos por el sistema creyendo intocables sus patrimonios y sus personas. Por eso no les importa convertir el país en un vertedero social, en un Patio de Monipodio en el que se satisfacen intereses ajenos a la España real y a los españoles verdaderos. No les importa provocar un enfrentamiento entre ciudadanos. No les importa obligarnos a disparar contra nuestros vecinos.
Y sí, puede que el sistema resista todos los envites. La segura quiebra, la invasión extranjera. El guerracivilismo y hasta el hambre. Pero aunque el sistema, el mal, se mantenga, los malos suelen ir cayendo por el camino. Y el Sanchismo ya hace tiempo que transita por la vía del enfrentamiento civil y el ajusticiamiento ideológico.
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